PASTEUR Y EL PERRO RABIOSO

Por Alexander Martínez

Luis Pasteur / Imagen de dominio público

Después de algunas décadas de que Luis Pasteur demostrara que la generación espontanea no existía [puedes leerlo  aquí], otros científicos alrededor del mundo comenzaron a buscar los gérmenes causantes de las enfermedades que aquejaban a la humanidad.

Ya para 1881 eran conocidas una docena de enfermedades de origen microbiano que aún no se comprendían del todo; enfermedades que causaban más victimas que la rabia y que no eran tan peligrosas como esta para realizar experimentos.

Seguramente recordó esa escena terrible de su infancia cuando 9 personas murieron de rabia al ser atacadas por un lobo infectado, y conocía muy bien los escalofríos que se sienten al oír a un perro rabioso. A pesar de no ser una enfermedad tan común, era tal el pavor que se tenía por ella, que no menos de cien años antes de que Pasteur iniciara sus experimentos, en Francia se promulgaron leyes que prohibieron que las personas infectadas de rabia o sospechosas de estarlo, fueran envenenadas, estranguladas o muertas a tiros.

Debido a que no era una enfermedad tan común, Pasteur se vio obligado a provocarles la rabia a varios perros, conejos, conejillos de india, gallinas y ratones en su laboratorio; para ello introducía un animal rabioso en una jaula con otros sanos para que este los atacara e infectara, algunas veces daba resultado, pero otras no: de cuatro perros mordidos, dos amanecieron seis semanas después con todos los síntomas de la rabia, y en cambio, transcurrieron meses sin que los otros dos presentaran síntoma alguno de hidrofobia.

Por la falta de animales infectados, Pasteur le inoculó el virus a varios animales en su laboratorio / www.infobiologia.net

 

Pasteur pensaba que el virus se fijaba en el cerebro y la médula espinal, y que era allí donde seguramente podían obtenerlo y cultivarlo, pero para asegurarse de ello necesitaba infectar el cerebro de un huésped vivo. Sin embargo, él no se atrevía a abrirle la cabeza a ningún animal por el sufrimiento que esto podría causarles.

Pierre Paul Émile Roux / Wikimedia

Emile Roux uno de sus colaboradores más próximos, escuchó lo que dijo y contraviniendo las ordenes de su maestro aprovechó la ausencia de este (cuando salió del laboratorio para asistir a una reunión)  y le trepanó la cabeza a un perro previamente anestesiado con cloroformo; una vez que dejó al descubierto la masa encefálica, machacó una pequeña porción del cerebro infectado de un perro muerto recientemente y con una jeringuilla inyectó la pulpa en el cerebro de aquél.

Pasteur era un hombre sentimentalista con los animales, a pesar de utilizarlos constantemente en sus experimentos odiaba hacerlos sufrir, así que cuando se enteró de lo que hizo Roux se molestó con él, sin embargo, el disgusto no duró mucho, ya que al ver al animal comportarse como si absolutamente nada hubiese pasado, se dio cuenta de la destreza de Roux y de la nueva vía experimental que se abría ante él.

Como era de esperar; el virus hizo acto de presencia, no habían pasado ni dos semanas cuando aquél perro empezó a lanzar aullidos lastimeros, desgarrar la cama y morder los barrotes de la jaula, muriendo a los pocos días. Murió un animal para que miles de seres humanos pudieran vivir.

Ahora contaban con un procedimiento seguro con un éxito del 100% de inocular la rabia a los anímales de experimentación; sin embargo, había un problema que no podían sortear, y es que aunque sabían que tenían el virus presente en cada cerebro infectado que analizaban, no podían observarlo, las escala de este enemigo era tan pequeña que escapaba de la vista de los microscopios más potentes que existían en aquél tiempo.

Virus de la rabia / biozoo.com.mx

 

Jamás en toda la historia de la bacteriología se ha desarrollado otro experimento tan fantástico como ese ni otra proeza tan poco científica de luchar contra un enemigo que no se podía ver. Pasaron meses enteros, y no lograron obtener resultados diferentes a la muerte del huésped, de cada 100 animales inoculados de rabia 100 animales morían, no podían debilitar en nada dicho virus.

Un día, aparecieron los primeros indicios de logro: uno de los perros inoculados con la substancia procedente del cerebro virulento de un conejo, dejó de ladrar, de temblar y se recobró. Pocas semanas después inyectaron en el cerebro de ese mismo animal una dosis del más virulento cultivo del que disponían. La pequeña herida en la cabeza sanó rápidamente, Pasteur y sus ayudantes esperaban ansiosos los primeros síntomas, pero estos no se presentaron, y durante meses el perro siguió viviendo. ¡Estaba inmunizado!

Una vez logrado este primer avance, descubrieron una forma de atenuar la agresividad del virus poniendo a secar durante catorce días en un matraz esterilizado un fragmento de medula espinal de un conejo muerto; después de este periodo, inyectaban este fragmento de tejido en el cerebro de perros sanos, y estos no murieron. Para corroborar la efectividad del procedimiento repitieron el experimento con más perros pero de una forma diferente: el primer día les inyectaban un virus casi inocuo atenuado  durante 14 días, al día siguiente un virus más potente atenuado solo 13 días, el tercer día  un virus atenuado 12 días, y así sucesivamente hasta lograr inyectarles un virus fresco sin atenuar… pasaron algunas semanas, y la rabia en aquellos animales no se hizo presente.

Sin duda la alegría de haber encontrado una forma de inmunizar a los animales fue muy grande, pero tener que inyectar catorce dosis a todos los perros de Francia era una tarea colosal; tan solo en París, existían alrededor de 100 mil canes. Entonces, a Pasteur se le ocurrió un medio más sencillo, no era a los animales a los que había de inyectar, sino a las personas infectadas; después de haber sido mordidas, pasaban semanas hasta que se desarrollaba la enfermedad, tiempo suficiente para inmunizarlas con sus 14 dosis.

La noticia corrió como pólvora, de todas partes del mundo le llegaban cartas y telegramas de médicos, padres y toda persona desesperada ante la inminente muerte que sucedía a aquellos que eran infectados, incluso el emperador de Brasil, Pedro II le hizo llegar su ruego…

Pero una cosa era inmunizar animales y otra muy distinta era inmunizar personas; anteriormente había logrado crear una vacuna para inmunizar el ganado contra el carbunco, la cual resultó no ser tan efectiva como las pruebas que había hecho en el laboratorio, porque mientras algunas mandas de animales lograban recuperarse, otras eran arrasadas por esa enfermedad a pesar de haber sido vacunadas.

Joseph Meister / Wikimedia

Por un momento pasó por la mente de Pasteur comenzar a hacer la prueba en humanos consigo mismo, pero un día, llegó una mujer a pidiéndole ayuda: era Madame Meister de Meissengott, Alsacia.

Esta mujer llegó llorando al laboratorio porque su hijo de 9 años había sido atacado dos días atrás por un perro rabioso que lo mordió en 14 diferentes sitios del cuerpo; llegó en un estado deplorable, con llagas abiertas, y casi no podía andar.

Pasteur mandó llamar a dos médicos (Vulpian y Grancher) que habían presenciado sus experimentos con los perros rabiosos, los cuales, tras examinar al pequeño lo encomiaron a iniciar el procedimiento de inmunización.

Y fue así, la tarde del 6 de julio de 1885, cuando se hizo la primera prueba en humanos con virus atenuados de rabia; después, día tras día, el niño Meister soportó las restantes inyecciones. Al final del tratamiento, el niño regresó a Alsacia y jamás presentó síntoma alguno de la rabia.

Después del éxito logrado con el niño, personas de todo el mundo acudían a su laboratorio pidiendo que los salvaran, era tal la cantidad de personas que llegaban que se tuvo que suspender todas las investigaciones que se estaban llevando a cabo ahí para poder atenderlas, y una vez inoculadas, estas personas regresaban a su lugar de origen a esparcir la palabra de aquél que los había salvado de una muerte segura.

Un caso particular se suscitó cuando de Smolensko, Rusia, llegaron diecinueve campesinos mujiks mordidos por un lobo rabioso diecinueve días antes, de los cuales cinco llegaron mutilados tan horriblemente que no podían andar y tuvieron que ser trasladados a un hospital; llegaron gritando la única palabra francesa que conocían: “Pasteur”. Este suceso hizo que todo París centrara su atención en este acontecimiento; tomando en cuenta el número de días transcurridos desde el ataque del lobo, la mayoría pensaba que por lo menos quince de aquellos rusos morirían, sin embargo Pasteur y sus ayudantes dejaron las probabilidades a un lado y llevaron a cabo las inyecciones.

Instituto Pasteur / Wikimedia

Finalmente, un clamor entusiasta se levantó en honor a Pasteur cuando su maravillosa vacuna salvó a dieciséis de aquellos rusos mujiks, los cuales al volver a su patria fueron recibidos con el respeto que inspira la vuelta  de enfermos desahuciados que fueron curados milagrosamente. El Zar de Rusia envió a Pasteur la Cruz de Diamantes de Santa Ana y 100 mil francos para empezar la construcción del edificio de la calle Dutot, morada de los bacteriólogos de Pasteur, y que ahora se llama Instituto Pasteur.

Y así es como este hombre, que no era médico, que acostumbraba a decir con orgullosa ironía “Solo soy un químico” logró darle su lugar en la biología  a los microbios e impulsar y desarrollar la microbiología moderna.

Si te ha gustado el artículo, te recomiendo la lectura del libro “LOS CAZADORES DE MICROBIOS” de Paul de Kruif, que cual narra de una manera muy amena los descubrimientos de brillantes científicos en el campo de la microbiología y su lucha contra los microbios causantes de enfermedades que durante mucho tiempo asolaron al ser humano.

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